El cuervo y la zorra
Un día paseaba una zorra por un tupido bosque cuando olió a queso. Su inefable olfato la llevó hasta el pie de un enorme árbol, en la copa del cual había una larga rama donde se posaba un cuervo negro como un pozo que sostenía en el pico un trozo del mentado alimento.
-Hola hermoso cuervo -dijo el astuto cuadrúpedo- ¿serías tan amable de darme un poco de ese apetitoso queso que tienes en la boca?
-Pues no -respondió el plumífero mientras se quitaba la comida del pico con un ala.
-¿Puedo saber por qué?
-No sé si puedes o no puedes, es una pregunta retórica. Lo cierto es que ni te voy a dar ni te voy a explicar las razones.
-Pero ¿por qué, maldito pajarraco? -se exasperó la zorra.
-Pues ¿ves? por eso, por ejemplo, porque vas de legal y eres más mala que la Quina. ¿Te crees que he nacido ayer?
La zorra dio varias vueltas alrededor del tronco echando humo por las orejas de rabia. Finalmente volvió a levantar el hocico.
-Mira, sé que tu raza y la mía han tenido diferencias en el pasado y tal... Pero quizá sea hora de que los animales comencemos a llevarnos bien. A fin de cuentas, nuestro enemigo común es el hombre, no lo olvidemos.
-Mira tú, pico de oro, si llamas diferencias raciales a que los tuyos se han comido a los míos durante milenios pues vale, "rompemos toda negociación" y San Seacabó.
-¿Eso quiere decir que podemos negociar el queso? -preguntó el mamífero esperanzado.
-No, pero me mola vacilarte, qué quieres que te diga.
-Mira "polluelo", si no es por las buenas habrá de ser por las malas. Dame el queso o subiré a la rama y te comeré a ti junto al lácteo.
-Pues sube, so lista. Aquí te espero fumando un cigarrito. Si pudieras verdaderamente escalar lo habrías hecho desde el principio en vez de tirarte el pisto. Pero desafortunadamente no eres tigre, ni mono, ni gato. Así que pírate ya y déjame tranquilo pelmaza, que eres una pelmaza.
La zorra presa de rabia intentó subir al tronco y se dio de bruces en el suelo.
-Y lo intenta, la tía mongo -dijo el cuervo para sí mismo ciertamente asombrado- si uno no conoce sus limitaciones...
La zorra siguió intentando subir frenética hasta que desisitió y volvió a mirar hacia arriba jadeante.
-Por favor, apiádate de mí -dijo con tono suplicante- no he comido en días. Ten algo de solidaridad animal.
-Hala que te calles la boca palizas. Lo has intentado todo, primero la amabilidad, luego la amenaza, ahora la súplica... ¿De qué vas tronca? Déjame en paz con mi quesito de Burgos chavalota, tú eres una zorra; no vengas a llorar, porque puedes cazar (y de hecho lo haces) cuando te da la gana. A mí conseguir este queso me ha costado Dios y ayuda así que... Cómprate un bosque de dos mil hectáreas y piérdete en él anda.
Y soltada dicha parrafada se volvió a meter el queso en la boca. La zorra le contempló con avidez mientras daba vueltas a su cerebro echando mano de su legendaria astucia. Y entonces se le ocurrió una idea:
-Oye, amigo cuervo, he oído que los de tu familia sois grandes cantarines, y ya me gustaría escuchar una de tus melodías para deleitarme los oídos.
El cuervo se sacó el queso de la boca y soltó una risotada.
-Sí claro... ¿Qué te apetece? ¿La Traviatta o quizá algo más moderno como Smoke on the Water? Y por cierto ¿quién es el soplagaitas que te ha dicho que los cuervos cantamos bien? ¿Dónde lo has escuchado? Mira tronco, si recurres a un truco tan viejo como ese para que cante y se me caiga el queso de la boca es que o estás muy hambriento de veras o tienes fijación especial por este trozo sean cuales sean las razones que dicho sea de paso me importan un pimiento. Así que toma, que al final me has dado pena y ya estoy más que harto de ti. Zámpatelo a gusto y olvídame.
Y dicho esto se lo arrojó y salió volando a otra rama.
La zorra sorprendida cogió el queso y lo miró. Luego miró a la zona boscosa por la que había desaparecido el ave y luego otra vez al alimento. Entonces dejó la comida al pie del árbol donde se había desarrollado todo y dando media vuelta se alejó despacio, pensando en muchas cosas.
Pero muchas, muchas...
-Hola hermoso cuervo -dijo el astuto cuadrúpedo- ¿serías tan amable de darme un poco de ese apetitoso queso que tienes en la boca?
-Pues no -respondió el plumífero mientras se quitaba la comida del pico con un ala.
-¿Puedo saber por qué?
-No sé si puedes o no puedes, es una pregunta retórica. Lo cierto es que ni te voy a dar ni te voy a explicar las razones.
-Pero ¿por qué, maldito pajarraco? -se exasperó la zorra.
-Pues ¿ves? por eso, por ejemplo, porque vas de legal y eres más mala que la Quina. ¿Te crees que he nacido ayer?
La zorra dio varias vueltas alrededor del tronco echando humo por las orejas de rabia. Finalmente volvió a levantar el hocico.
-Mira, sé que tu raza y la mía han tenido diferencias en el pasado y tal... Pero quizá sea hora de que los animales comencemos a llevarnos bien. A fin de cuentas, nuestro enemigo común es el hombre, no lo olvidemos.
-Mira tú, pico de oro, si llamas diferencias raciales a que los tuyos se han comido a los míos durante milenios pues vale, "rompemos toda negociación" y San Seacabó.
-¿Eso quiere decir que podemos negociar el queso? -preguntó el mamífero esperanzado.
-No, pero me mola vacilarte, qué quieres que te diga.
-Mira "polluelo", si no es por las buenas habrá de ser por las malas. Dame el queso o subiré a la rama y te comeré a ti junto al lácteo.
-Pues sube, so lista. Aquí te espero fumando un cigarrito. Si pudieras verdaderamente escalar lo habrías hecho desde el principio en vez de tirarte el pisto. Pero desafortunadamente no eres tigre, ni mono, ni gato. Así que pírate ya y déjame tranquilo pelmaza, que eres una pelmaza.
La zorra presa de rabia intentó subir al tronco y se dio de bruces en el suelo.
-Y lo intenta, la tía mongo -dijo el cuervo para sí mismo ciertamente asombrado- si uno no conoce sus limitaciones...
La zorra siguió intentando subir frenética hasta que desisitió y volvió a mirar hacia arriba jadeante.
-Por favor, apiádate de mí -dijo con tono suplicante- no he comido en días. Ten algo de solidaridad animal.
-Hala que te calles la boca palizas. Lo has intentado todo, primero la amabilidad, luego la amenaza, ahora la súplica... ¿De qué vas tronca? Déjame en paz con mi quesito de Burgos chavalota, tú eres una zorra; no vengas a llorar, porque puedes cazar (y de hecho lo haces) cuando te da la gana. A mí conseguir este queso me ha costado Dios y ayuda así que... Cómprate un bosque de dos mil hectáreas y piérdete en él anda.
Y soltada dicha parrafada se volvió a meter el queso en la boca. La zorra le contempló con avidez mientras daba vueltas a su cerebro echando mano de su legendaria astucia. Y entonces se le ocurrió una idea:
-Oye, amigo cuervo, he oído que los de tu familia sois grandes cantarines, y ya me gustaría escuchar una de tus melodías para deleitarme los oídos.
El cuervo se sacó el queso de la boca y soltó una risotada.
-Sí claro... ¿Qué te apetece? ¿La Traviatta o quizá algo más moderno como Smoke on the Water? Y por cierto ¿quién es el soplagaitas que te ha dicho que los cuervos cantamos bien? ¿Dónde lo has escuchado? Mira tronco, si recurres a un truco tan viejo como ese para que cante y se me caiga el queso de la boca es que o estás muy hambriento de veras o tienes fijación especial por este trozo sean cuales sean las razones que dicho sea de paso me importan un pimiento. Así que toma, que al final me has dado pena y ya estoy más que harto de ti. Zámpatelo a gusto y olvídame.
Y dicho esto se lo arrojó y salió volando a otra rama.
La zorra sorprendida cogió el queso y lo miró. Luego miró a la zona boscosa por la que había desaparecido el ave y luego otra vez al alimento. Entonces dejó la comida al pie del árbol donde se había desarrollado todo y dando media vuelta se alejó despacio, pensando en muchas cosas.
Pero muchas, muchas...


